
ANCESTRAL BEATS

por Ancestral Beats
Human Design reúne música, imagen, movimiento y texto en una obra audiovisual de once piezas. Construido de forma colaborativa entre distintas disciplinas, el proyecto propone un espacio donde sonido, cuerpo e imagen se encuentran sin ilustrarse mutuamente, abriendo distintas formas de aproximarse a una misma obra.


orilla
Pensé que era libre.
Hasta que un día tuve miedo de que alguien me viera caminando junto a una buena persona.
Y entendí que el miedo nunca fue ella.
El miedo siempre fue la mirada de los demás.
Qué extraño.
Paso la vida buscando la verdad en la música.
Pero todavía hay verdades que escondo para proteger la historia que otros cuentan sobre mí.
Creía haber dejado atrás la necesidad de pertenecer.
Y descubrí que todavía negocio partes de mí para no decepcionar expectativas que ni siquiera elegí.
Confundimos reputación con carácter.
Como si una vida pudiera resumirse en una palabra.
Como si una etiqueta pudiera contener una persona.
Hay personas que el mundo rompió.
Y otras que el mundo simplemente nunca dejó caer.
Quizá por eso algunas aprendieron a mirar con una ternura que otros jamás necesitaron desarrollar.
Qué arrogancia creer que conocemos a alguien por aquello que hace para sobrevivir.
Qué ingenuidad creer que nosotros somos vistos de una forma más justa.
Tal vez todos existimos detrás de un personaje.
Uno que construimos para ser aceptados.
Otro que escondemos para seguir perteneciendo.
Y entre los dos, una vida entera intentando encontrarse.
Pensé que ya tenía esto resuelto.
Pensé que la autenticidad era una decisión.
Hoy sospecho que es una práctica.
Una renuncia constante.
Un lugar al que se vuelve una y otra vez.
Porque siempre habrá una versión de nosotros dispuesta a cambiar una verdad por aprobación.
Y quizá la libertad nunca fue hacer lo que quiero.
Quizá la libertad comienza el día en que dejo de editar mi humanidad para que encaje en la mirada de los demás.
Desde entonces no dejo de hacerme una pregunta.
No quién soy cuando estoy solo.
Sino...
¿Quién soy cuando nadie me está mirando... y quién dejo de ser cuando vuelven a mirar?

vidrio
No quiero ser un hijueputa y desaparecer.
Pero quizá esa frase no habla solamente de mí.
Quizá habla de una forma de vivir.
De usar algo.
De tocar algo.
De recibir algo.
Y después volver tranquilamente al lugar donde nada nos obliga a responder por lo que sentimos.
Hay una violencia muy limpia en poder irse.
Una violencia silenciosa.
Educada.
Casi invisible.
La violencia de tener siempre una puerta de salida.
No todo el mundo la tiene.
Hay personas que nacen dentro de realidades que otros solo visitamos temporalmente.
Por deseo.
Por curiosidad.
Por fiesta.
Por vacío.
Por necesidad.
Por accidente.
Y luego volvemos.
Volvemos a la casa.
Al apellido.
A la familia.
A la cama segura.
Al discurso correcto.
A la vida donde todavía podemos convencernos de que nuestras decisiones nos pertenecen por completo.
Pero hay vidas a las que el mundo no les dio margen.
Vidas que aprendieron a sobrevivir antes de poder preguntarse quién querían ser.
Y ahí aparece la rabia.
Porque nos encanta hablar de destino como si todos hubiéramos nacido en la misma orilla.
Nos encanta hablar de mérito como si el suelo hubiera sido igual para todos.
Nos encanta hablar de moral como si la comodidad no hubiera escrito una parte enorme de nuestras virtudes.
Qué fácil es ser correcto cuando el mundo no te ha puesto contra la pared.
Qué fácil es hablar de decisiones cuando nunca tuviste que escoger entre heridas.
Qué fácil es mirar desde arriba y confundir altura con claridad.
A veces siento que somos una especie profundamente enferma.
No por la oscuridad que existe en nosotros.
Sino por la facilidad con la que aprendimos a justificarla.
Construimos sistemas que rompen personas.
Después señalamos a las personas rotas.
Creamos hambre.
Después juzgamos la forma en que alguien come.
Creamos abandono.
Después juzgamos la forma en que alguien pide amor.
Creamos exclusión.
Después llamamos peligro a todo lo que quedó afuera.
Y lo peor es que no hablo solamente de los otros.
Yo también aprendí ese idioma.
Yo también he confundido suerte con mérito.
Yo también he llamado intuición a un prejuicio.
Yo también he querido ser bueno sin tener que mirar demasiado de cerca las condiciones que hicieron posible mi tranquilidad.
Eso es lo que más duele.
No descubrir que el mundo es cruel.
Eso ya lo sabía.
Lo que duele es descubrir la parte de mí que aprendió a convivir con esa crueldad.
La parte que se indigna un rato.
La parte que entiende algo.
La parte que llora.
La parte que promete no olvidarlo.
Y después, lentamente, vuelve a acomodarse.
No es la primera vez que llego a esta conclusión.
Eso también me asusta.
He sentido esto antes.
He entendido esto antes.
He jurado no volver a vivir igual.
Pero el mundo tiene una forma muy eficaz de dormirnos otra vez.
Nos devuelve al horario.
A la cuenta.
Al proyecto.
A la ambición.
A la estética.
A la versión presentable de nosotros mismos.
Y, sin darnos cuenta, otra vez estamos compitiendo.
Otra vez estamos intentando ser más puros.
Más exitosos.
Más despiertos.
Más especiales.
Más algo.
Como si el problema de la humanidad fuera no haber encontrado todavía una forma suficientemente elegante de sentirse superior.
Últimamente pienso que la compasión no es una emoción suave.
No es bondad.
No es lástima.
No es mirar a alguien desde un lugar seguro y decir “pobrecito”.
La compasión es mucho más incómoda.
Es perder el derecho a sentirse tan diferente.
Es aceptar que, bajo otras condiciones, nuestra vida pudo haber tomado una forma que hoy no nos atrevemos a mirar.
Es entender que nadie nace limpio de mundo.
Que todos estamos hechos de circunstancias.
De heridas.
De hambre.
De deseo.
De miedo.
De amor mal recibido.
De sistemas que entraron al cuerpo antes de que pudiéramos nombrarlos.
Quizá por eso el arte es político.
No porque tenga que explicar una postura.
No porque tenga que levantar una bandera.
Sino porque todavía puede hacer algo que el mundo intenta destruir todo el tiempo:
devolverle complejidad a una vida.
El arte no salva.
No corrige el sistema.
No repara la herida.
Pero a veces interrumpe la maquinaria.
Por un segundo.
Un cuerpo baila.
Una voz tiembla.
Un tambor insiste.
Una imagen aparece.
Y algo que estaba endurecido vuelve a sentir.
No hice este álbum para llegar a esta pregunta.
La música ya estaba hecha.
La vida llegó después y me mostró desde dónde tenía que escucharla.
No sé si eso me tranquiliza o me rompe más.
Porque entonces tal vez la obra sabía algo que yo todavía no podía aceptar.
Tal vez llevaba años haciendo música sobre una fractura que apenas ahora estoy empezando a mirar de frente.
Y desde entonces hay una pregunta que no me deja en paz.
No si soy buena persona.
No si el mundo tiene arreglo.
Sino...
¿cuánta crueldad aprendí a llamar normal para poder seguir viviendo tranquilo?

gravedad
Hay una forma de desaparecer sin irse.
Quedarse pensando.
Qué extraño.
Después de la mirada.
Después de la máquina.
Quedaba la cabeza.
El lugar más difícil de todos.
No hablé.
No porque no tuviera nada que decir.
Había vivido algo de eso antes.
En la música.
En el amor.
En el cuerpo.
En medicinas antiguas que abren puertas que la mente no sabe cerrar.
Pero esta vez no quise convertir la experiencia en autoridad.
No quise demostrar que entendía.
No quise volverme idea.
Solo escuché.
Y mientras escuchaba, algo empezó a moverse en mí.
No como pensamiento.
Como estómago.
Como pulso.
Como respiración.
Como una electricidad antigua buscando tierra.
Hay cosas que no entran por la cabeza.
Entran por la piel.
Por el hambre.
Por el miedo.
Por el deseo.
Por una repetición que insiste hasta abrir una puerta que nadie estaba buscando.
¿Qué es el cerebro?
¿Una herramienta?
¿Una jaula?
¿Una máquina antigua intentando gobernar una inteligencia más vieja que el pensamiento?
Pasamos la vida intentando entender el cuerpo como si el cuerpo fuera una idea.
Pero el cuerpo no explica.
El cuerpo sabe.
Sabe antes que el lenguaje.
Antes que la teoría.
Antes que esa versión de nosotros que siempre necesita tener razón.
El pensamiento llega después.
Ordena.
Nombra.
Clasifica.
Inventa una historia para convencerse de que estuvo presente desde el principio.
Pero no estuvo.
Primero fue el pulso.
Primero fue el agua.
Primero fue el temblor.
Primero fue la respiración buscando volver a casa.
Quizá el estrés no sea exceso de vida.
Quizá sea exceso de pensamiento.
Una mente intentando gobernar un cuerpo que ya sabía el camino.
No se trataba de controlar el cuerpo desde el cerebro.
Tal vez se trataba de dejar que el cuerpo le enseñara al cerebro a estar en paz.
Respirar.
Repetir.
Caminar.
Sudar.
Bailar.
Tocar agua.
Comer lento.
Dormir.
Gritar cuando haya que gritar.
Callar cuando el silencio sea más verdadero que cualquier frase.
Escuchar.
Escuchar no es entender.
Escuchar es recibir.
Y recibir no siempre es cómodo.
A veces uno recibe una furia.
Una tristeza vieja.
Una imagen sin dueño.
Una cuerda invisible vibrando entre dos cuerpos.
Entre una canción y una memoria.
Entre una voz y algo que no sabemos nombrar.
Quizá eso sea el amor.
No una idea.
No una promesa.
No una forma correcta de pertenecerle a alguien.
Una vibración.
Una cuerda.
Algo que pasa a través del cuerpo cuando dejamos de defendernos.
Tal vez por eso el sexo no es solamente deseo.
Tal vez por eso la danza no es solamente movimiento.
Tal vez por eso la música no es solamente sonido.
Hay experiencias que despiertan todos los sentidos para devolvernos a una parte de nosotros que la cabeza había abandonado.
No vuelves al cuerpo de otra persona.
Vuelves al tuyo.
No vuelves al placer.
Vuelves a la presencia.
No vuelves al mundo.
Vuelves a la raíz.
Echar raíz.
Qué frase tan extraña.
Como si la versión más alta de nosotros no estuviera arriba.
Como si no hubiera que subir.
Como si hubiera que bajar.
A la planta de los pies.
A la espalda.
A la lengua.
Al vientre.
Al temblor.
A la tierra.
Quizá eso que algunos llaman espíritu no vive lejos del cuerpo.
Quizá vive más adentro.
Más abajo.
Más cerca del animal.
Más cerca del ritmo.
Por eso el tambor.
Por eso la repetición.
Por eso las semillas en el ritual.
Por eso el fuego.
Por eso el agua.
Por eso el jaguar.
Por eso la necesidad antigua de reunirnos alrededor de algo que no podemos explicar.
Tal vez nadie llega solo.
Tal vez hay puertas que no se abren desde el individuo.
Tal vez eso que llamamos una versión más elevada de nosotros mismos no aparece cuando nos separamos del mundo.
Sino cuando un cuerpo responde a otro cuerpo.
Un tambor insiste.
Un cuerpo responde.
Otro cuerpo responde.
Y por un instante la separación parece una mentira.
Quizá por eso nos cuesta tanto la compasión.
Porque intentamos pensar el dolor de los otros.
Pero no sabemos sentirlo en el cuerpo.
Y un dolor que no pasa por el cuerpo se vuelve opinión.
Discurso.
Moral.
Ideología.
Ruido.
Otra forma de no tocar nada.
El arte debe tocar más de un sentido.
No basta con entender una obra.
Hay que respirarla.
Olerla.
Sentirla moverse en la piel.
Dejar que entre por un lugar que no sabe defenderse con argumentos.
Quizá el nivel más alto de la meditación no sea quedarse quieto.
Quizá sea crear.
No producir.
No demostrar.
No fabricar una versión más interesante de uno mismo.
Crear.
Abrir un canal.
Dejar pasar algo.
Volverse cuerpo disponible para una fuerza que no nos pertenece del todo.
Cada vez que intento demostrar algo, el cuerpo desaparece.
Se queda una idea de mí haciendo fuerza.
Una imagen.
Un personaje.
Una cabeza brillante.
Un animal abandonado.
Y entonces apareció la pregunta.
No sé si alguien la dijo.
No sé si la pensé.
No sé si ya estaba ahí desde antes.
Pero apareció.
Como aparecen las cosas importantes.
Sin pedir permiso.
Si el arte es la energía creativa del cerebro...
Y el sexo es la energía creativa del cuerpo...
¿cuál es la energía creativa del espíritu?
No quiero responder
Porque en cuanto la responda...
la mente vuelve a ganar.
Nicolás Cantor es productor, compositor y artista colombiano. Durante más de una década ha trabajado entre la composición, la producción musical y la creación audiovisual, desarrollando música para artistas, cine, televisión y catálogos internacionales. Su trabajo parte del sonido, pero cada vez se extiende más hacia el cuerpo, la imagen, el texto y la relación entre percepción, memoria y experiencia.
​
Ancestral Beats es su principal proyecto de exploración artística: un espacio donde electrónica, techno, bass music y psicodelia se cruzan con memorias rítmicas afrocolombianas, indígenas y latinoamericanas. Más que buscar una síntesis entre tradición y tecnología, el proyecto utiliza el ritmo como una forma de investigar el presente: cómo habitamos el cuerpo, qué heredamos, qué repetimos y qué puede aparecer cuando dejamos de intentar explicarlo todo.

























